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viernes, 6 de marzo de 2009

En el fondo del athanor

Hoy la desazón y la angustia
me corroen el alma,
vagan por cada una de mis celulas
como habitantes siniestros.
Hoy nada me importa,
el sol es fatuo,
la vida es fatua.
Nada tiene sentido,....
me aburre la tristeza,
la cual disfrazo de enojo.
El dia esta nublado,que bueno!
el gris me hace bien,
estoy de luto.
Mi sol se apagó,
la risa es una mueca,
los ojos en pena infinita.....
Me entrego,
y caigo
a lo mas profundo
de este negro sepulcro.....
quiero morirme..........
aliementarme de cenizas,
cubrirme de cenizas.......
hasta que sea el momento de renacer
nuevamente,
al sol.
Mar 2006
(momento alquímico)

miércoles, 25 de febrero de 2009

LA TRADICION HERMETICA

Extraido de Capítulo IV del libro La Rueda, Una Imagen Simbólica del Cosmos de Federico González (Symbolos, España, 1986).




El alquimista y el astrólogo trabajan solos. Así se los puede ver en numerosos grabados de la iconografía hermética. O bien estudiando, meditando u orando, cuando no absortos en la contemplación de sus hallazgos. La obra hermética se produce en la interioridad del athanor (analógicamente, del templo del hombre). Lo cierto es que esta tradición propone el conocimiento mediante el estudio de la cosmogonía. Estudiar las leyes cosmogónicas no supone la erudición literal, o el cómputo de detalles banales, que para estas disciplinas son cosas secundarias, si no a veces entorpecedoras.

Conocer la cosmogonía supone ser uno con ella. Estar vivo o haber nacido al verdadero estado humano. Este hecho asombroso incluye una pérdida y un hallazgo de identidad, una muerte y una resurrección, que se realizan innumerables veces en varios años, en el athanor del alquimista, su interioridad. Y le da también la materia con qué seguir trabajando en este proceso alquímico, llamado también de iniciación en la senda del conocimiento y de la vida real.
Conocer una cosmogonía significa vivir el mandala tridimensional del cosmos. Comprender la revelación de un universo y sus leyes, absolutamente diferente del que nos fue enseñado. Donde los valores son tan otros, que únicamente pueden ser percibidos por medio de una total conversión psicológica.
Este proceso necesita de un orden y de un trabajo. No sólo tiene enormes riesgos de desviación de muchos tipos (los cuales, generalmente, son parte del proceso), sino que puede resultar casi imposible de realizar, por indefinidos motivos. Se dice que es difícil, pero no imposible. En el camino pueden quedar, entre otras cosas, la salud, la fama y la honra, es decir, toda seguridad.




Pero la recompensa es la identidad, el conocimiento, el ser.



El aprendiz de alquimista está dispuesto a la realización espiritual, que incluye el conocimiento vivo de las leyes del cosmos, en definitiva, el conocimiento de sí mismo, y de la realidad, del orden, de la vida. Recibirá, pues, lo que ha deseado, siempre que su trabajo sea paciente y sacrificado y pase las pruebas de los héroes mitológicos.


Debe llevar su trabajo hermético a todo nivel en su vida y su cotidianidad, pues se trata de la recuperación de la luz -la lucidez-, utilizando el emotivo fuego de la sangre. El estudio de las disciplinas herméticas y de los textos mágicos, se alternará con la constante meditación y el trabajo interno, sagrado, y se sorprenderá entonces de verse cada vez más extranjero en el mundo de las causas y efectos.
Ese espacio interno podrá albergar las estructuras con las cuales construir un nuevo cosmos, o mejor, las descubrirá en sí mismo y manifestándose por doquier. Podrá entonces vivir de la mañana hasta la noche -y en sus mismas horas de reposo- un nuevo mundo, cada vez más asombroso, cuya característica es la riqueza y también el esplendor. Siendo tanto lo que tiene en las manos, ha de tomar conciencia entonces de su responsabilidad con respecto a sí, y advertir que no ha sido por su mérito, ni un descubrimiento propio, lo obtenido, sino que simplemente eso es así, y que, además, a él no le pertenece. Y es más aún, reconocerá que su personalidad, tal cual la imaginaba, no existe.




Debe entonces procurar manejarse con las estrategias propias de las artes marciales y equilibrar constantemente el recorrido de su camino, el manejo de su vehículo. Este arte requiere una manipulación delicada y es probable que se aprenda a golpes; al menos se trata de una ciencia de fuertes contrastes. Pero, perseverando hasta el fin, logrará vivir en un mandala vivo, espejo del cosmos, donde toda cosa tiene significado, en las tensiones y matices propios de la armonía y el orden de lo creado, y de su sustento invisible y arquetípico. Habrá conocido la cosmogonía, y luego del bautismo lunar de Juan, de agua (de la ciencia de la escuadra), y de haber recibido el bautismo solar de Jesús, de fuego (de la ciencia del compás), y cuando haya culminado este último proceso, entonces podrá decirse que ha comprendido la esencia de la tierra y el cielo, lo que es simultáneo con su llegada al centro y equivale a estar ya listo para empezar su ascenso vertical, pues ha finalizado con los misterios menores.

domingo, 22 de febrero de 2009

El Ser según Jung

Autora: Patricia Zárraga

Para la tipología de inspiración psicoanalítica de Jung, un individuo es poseedor de todas las funciones psíquicas; unas son aparentes, es decir, están instaladas en la consciencia, y otras están reprimidas.De acuerdo a esto el inconsciente estaría constituído por:

A.- el material reprimido
B.- el material subliminal convertido en psíquico (incluso las percepciones subliminales de los sentidos)
C.- el material que aún no ha alcanzado el umbral liminal de la consciencia (son los gérmenes de ulteriores contenidos conscientes).

El inconsciente no está en reposo sino ocupado constantemente en la agrupación y reagrupación de sus contenidos. Esta acción es coordinada normalmente por la consciencia en una relación compensatoria.Este inconsciente dependería de la persona misma, pero nada se opone a pensar en la posibilidad de que las tendencias inconscientes tengan un objetivo situado más allá de la persona humana. A partir de esta idea podemos distinguir dos estratos, uno más superficial llamado inconsciente personal y otro más profundo que sería el inconsciente colectivo.

A.- Inconsciente personal.-

Todos sus contenidos son de naturaleza personal, formados por adquisiciones de la existencia individual y por aquellos factores psicológicos que podrían ser también conscientes. Se nos revelan como contenidos «personales» por cuanto sus efectos o su aspecto parcial o su procedencia pueden demostrarse en nuestro pasado personal.

B.- Inconsciente colectivo.-

En esta capa más profunda de la psique se encuentran los elementos impersonales o colectivos, en forma de categorías heredadas como son los instintos y los arquetipos.En este caso, nada nos viene de nuestro propio pasado sino que una imagen histórica, universalmente propagada, vuelve a surgir por función psíquica natural, ya que el cerebro humano por muchos años ha funcionado de igual modo. Este proceso se ha llamado revivificación de un arquetipo.
El concepto de Arquetipo se deriva de la observación repetida de los mismos motivos en los mitos y cuentos de la literatura universal. Estos mismos motivos los encontramos en las fantasías, sueños y delirios de los hombres actuales. Se podría decir que es un elemento vacío en sí, ya que no es más que facultad Praeformandi, o sea una posibilidad dada a priori de la forma de representación.Es la forma de pensamiento primitiva y analógica propia de los sueños, la que elabora estas imágenes antiguas. Por lo tanto, no se trata de imágenes heredadas sino de cauces heredados.
El parecido universal de los cerebros rinde una posibilidad universal de una función espiritual homogénea. Esta función es la Psique Colectiva. En ella están contenidas las virtudes y los vicios específicos del hombre. Esto explica que los hombres primitivos, donde la diferenciación personal está en sus primeros pasos, presenten sin oposición intermedia los pares antagónicos. La oposición no aparece hasta que se inicia un desarrollo personal de la psique, con lo cual la razón vislumbra la naturaleza incompatible de los antagonismos.

La Persona:

En los pueblos primitivos, el desarrollo de la persona es cuestión de prestigio mágico. Se podría decir que la represión de uno de los opuestos pone fin al paraíso de la psique colectiva. La represión de la psique colectiva no es más que una necesidad del desarrollo de la personalidad.Los inicios de este desarrollo los podemos descubrir en el uso de máscaras o personajes como revestimiento, lo que permitía a jefes y hechiceros diferenciarse de los demás o de la psique colectiva. Este prestigio era en sí producto de un compromiso colectivo. Así la persona se convertía en verdad colectiva.
Actualmente podemos decir que la persona es un recorte de la psique colectiva, confeccionado con gran trabajo y que consiste en la suma de hechos psíquicos sentidos como personales. Este último atributo expresa la pertenencia a una persona determinada. Una consciencia personal acentúa sus derechos de propiedad de autor referente a sus contenidos e intenta crear con ellos un conjunto. Esta creación entraña un gran peligro ya que todos aquellos contenidos que no cuadran con el conjunto son olvidados, reprimidos o negados, y pasan a constituir la «sombra».
Es decir se produce un estricto proceso de autoeducación que resulta arbitrario y violento. Se sacrifican demasiados factores generales y humanos en favor de una imagen «ideal», en la cual quisiera transformarse el individuo.Como conclusión, diremos que la persona no es más que una máscara que aparenta una individualidad que se presenta como tal frente a los demás y a uno mismo, cuando en realidad sólo se trata de un rol en el que habla la psique colectiva.

Si analizamos a la persona y quitamos la máscara, descubriremos que en el fondo es colectivo lo que parecía ser individual. Prácticamente la persona no tiene nada de real.

Más bien constituye un compromiso entre el individuo y la sociedad, referente al papel que ha de desempeñar por el hecho de tener un nombre, adquirir un titulo o desempeñar un cargo siendo tal o cual personaje. No sería justo sin embargo dejar de reconocer que en la singular elección de la persona ya está incluido algo de individual y que, a pesar de una exclusiva identidad de la consciencia del «yo» con la persona, existe siempre el propio inconsciente, la verdadera individualidad exteriorizándose en forma indirecta.

Estos intentos de liberación de la individualidad de la psique colectiva son los que nos llevan en camino al proceso de Individuación.Según lo comentado anteriormente, podríamos decir que la vida psíquica comienza con el individuo siendo vivido y poseído por los arquetipos. No es el individuo quien realmente siente o quiere, sino los arquetipos a través de él. Son «ellos», los arquetipos, los que viven y deciden por él. La consciencia individual es, pues, minúscula en esta fase.

El héroe actual se ha psicologizado a tal punto que en vez de espada emplea las cuatro funciones de la tipología junguiana: pensamiento, sentimiento, sensación e intuición.En algunos mitos, el héroe no espera a los monstruos sino que sale a su encuentro. En la psicología junguiana la situación es análoga y esencialmente distinta.

La victoria de la consciencia sobre los arquetipos como la Sombra, el Anima, el Animus, y cualquier otro, jamás es la destrucción. Es en realidad una fusión donde la consciencia - el héroe - vence al arquetipo. Si vence al Anima no sólo cambia ésta en su ser sino también el ego, que se hace consciente. En ambos se produce un proceso de muerte y transfiguración. El ego que ha entrado en contacto profundo con la región de su ser en que anida la femineidad o emocionalidad (ánima) resurge de forma distinta. Ha sufrido una transformación alquímica.

El proceso de Individuación:

Es el proceso por el cual se engendra un individuo psicológico, es decir, una unidad aparte, indivisible, un todo. Individuación significa llegar a ser uno mismo. Como sinónimo podríamos hablar de autorrealización. Este «Yo» o «Ser>> o «Sí Mismo» se nos muestra como imagen psicológica de lo divino, o «imago Dei». Este concepto procede de los Padres de la Iglesia, según los cuales la imagen de Dios está acuñada en el alma del hombre. Si una imagen de este tipo emerge espontáneamente, debe entenderse como un símbolo del Ser o Sí Mismo, ya que es la proyección de esa imagen de Dios que llevamos dentro y no una imagen externa.

Jung usó el término Ser o Yo para este sustrato inconsciente, cuyo exponente en la consciencia personal es el ego. El ego es respecto al Yo como lo movido respecto al motor, o como el objeto al sujeto, pues los factores determinantes que irradian del Yo rodean al ego en todas partes, subordinándolo. Por esto el Yo es aquello de lo que venimos, aquello que anhelamos y aquello con lo que queremos fundimos. El Yo incluye al ego, pero el Yo y el ego pueden dialogar como representantes del Ser en sí y de la limitada personalidad consciente. El Yo está oculto, pero ama ser descubierto.

Podemos concluir que la finalidad de la individuación no es otra que la de liberar al Yo de los envoltorios postizos de la persona y del poder sugestivo de las imágenes inconscientes,En contraste con las descripciones orientales, para Jung esta autorrealización sugiere un movimiento activo, creativo y urgente, contrario al diluirse en una consciencia difusa.

En este caso no se disuelve ni desaparece el ego. La individuación desafía al ego a entrar en una condición desconocida en vez de permanecer cautivo de lo habitual y familiar. A la vez es importante reconocer que sin este ego psicológico no hay nadie que pueda vivir la vida o experimentar el Yo.

Este Yo, o punto central virtual, es de una constitución tan misteriosa que lo podrá incluir todo, parentesco con animales y con dioses, con cristales y con astros, sin que ello nos produzca admiración alguna, sin que siquiera lo desaprobemos.
Jung lo postuló como una hipótesis de trabajo, un supuesto psicológico no comprobable científicamente, al que igualmente - según él - podría llamarse «el Dios en nosotros». Dijo que entre ese Ser y el yo existía la misma relación que entre el sol y la tierra. No es posible confundir a ambos. Se halla colocado más allá de nuestra razón humana y por esto es incomprensible para nosotros.Hacia esa finalidad trascendente tiende nuestro anhelo y hacia ella nos esforzamos.

miércoles, 4 de febrero de 2009

Alquimia y psicología

Autora: Dolores Villegas

La Alquimia no es solamente un arte que enseña a transmutar unos metales en otros, sino más bien una ciencia sólida y verdadera que enseña a conocer el centro de todas las cosas.
Pierre-Jean Fabre, 1636.


La Psicología, la Alquimia y la Astrología son ciencias que operan siempre juntas, buscando la transmutación.

La Psicología educe los misterios del alma del hombre. La Astrología expone la naturaleza de las fuerzas que constituyen el Universo, sus ciclos, ritmos e interrelaciones. Y la Alquimia, el modo de operar sobre ellas para acelerar su evolución, llevándolas así a su expresión más sublime.
La Alquimia formaba parte de las Ciencias ocultas, sagradas, en la antigüedad vinculada a la formación en los Misterios de la Naturaleza. Requería previamente del candidato educir sus mejores potencialidades latentes y el dominio y conocimiento pleno de su personalidad mortal.

En el trabajo sobre la materia, la Alquimia busca la unificación, la transmutación del "plomo" en "oro". Hacer de la multiplicidad o las partes en lucha una Unidad integrada, consciente y con una misma finalidad.
Lo que le interesa a la Alquimia fundamentalmente es la transformación de la sustancia de la naturaleza humana y la liberación de su potencial divinidad interior, proceso que se llevará a cabo a través de la confrontación con la sombra o el inconsciente y la integración posterior, una vez operada la transmutación.

2. EL opus

El Opus es la Obra alquímica que requiere el esfuerzo de un artista en su búsqueda de la perfección. Es una tarea sagrada que merece el esfuerzo de toda una vida. Giordano Bruno explicaba que conociendo la escala por la cual los Arquetipos se han plasmado en la materia, podíamos hacer retornar hacia su origen la conciencia, en un ascenso acelerado, ayudándonos con la memoria y la imaginación.

El Opus comienza partiendo de la "materia prima" o sustancia original, que está en relación con Saturno, como el "plomo" a transformar, ya que en ella están las simientes del oro alquímico.
Desde el punto de vista psicológico, podemos entender la materia prima como los instintos, las compulsiones, los conflictos emocionales, los miedos y las pasiones que se adueñan de nosotros. Es todo lo inconsciente que se encuentra en estado de conflicto, sin dirección alguna como fuerzas ciegas.

El Lapis o piedra filosofal, al final del proceso, es el oro que se intenta liberar de la confusa matriz de la materia prima. Es la piedra filosofal, la Rosa de oro, la flor de loto, el diamante. Se lo ha equiparado también con Cristo, el Unicornio y el Hermafrodita coronado. Es algo sagrado que es menester extraer de la sustancia.
El Lapis otorga la conciencia de individualidad, de inmortalidad, así como la comprensión de nuestro destino.
Esta piedra filosofal es el dios interior, capaz de sostenernos en medio del fluir de los cambios de la existencia. Ejerce un efecto catalizador sobre lo que toca o le rodea, transformando las sustancias con las que entra en relación. Se autorreproduce y tiene un efecto permanente.


Los procesos de percepción y comprensión están vinculados con Mercurio y nos dan la capacidad de tomar conciencia de las cosas, y como consecuencia, de operar la transmutación y de poner luz donde hay oscuridad y caos.
Mercurio es la chispa divina oculta en la naturaleza bruta, el oro de nuestra verdadera esencia y nuestra vivencia de una individualidad significativa. El alquimista trata de liberar lo que siempre estuvo allí, velado por una forma más oscura y primitiva. Se trata de una revelación de la esencia inmortal que siempre ha estado oculta en el inconsciente caótico y ciego.
Los alquimistas veían en su Opus un proceso inevitablemente erizado de sufrimientos. Sólo un grado considerable de integridad, sinceridad y bondad podía ayudar al individuo a orientarse en el laberinto de confusión y peligro que es la Obra en todas sus etapas.

3. Los peligros

El inconsciente es proteico y tan capaz de hechizarnos como de devorarnos. Únicamente una sólida fibra moral y una gran entrega al objetivo podían ayudar al alquimista a atravesar su propio camino. Si no se poseen en grado suficiente, es mejor dedicarse a otra cosa, porque la Obra exige un esfuerzo tremendo a la totalidad de la persona.
Los peligros del poder, la arrogancia y la seducción en diversos niveles acompañan siempre a la creación del Lapis. Por eso los alquimistas decían siempre "deo concedente" (de acuerdo con la Voluntad de Dios).
Las virtudes fundamentales son la humildad, el discernimiento y la obediencia a las leyes naturales.
Al individuo, en su viaje al centro, debe acompañarle un espíritu de incertidumbre, humildad e integridad interior. Mercurio, como materia prima y Lapis, Alfa y Omega del proceso, representan la imagen del inconsciente mismo abarcando sus tres esferas de expresión. En Astrología se dice que la carta natal nos muestra la materia prima con todas sus potencialidades, y la obra o el trabajo a realizar para evolucionar un poco más e ir formando a través de las pruebas y adversidades, el centro sólido de la piedra.

Los peligros que encontramos en el esfuerzo por conocernos y transformar esa materia ciega y caótica son, en resumen: 1) Identificarse excesivamente con ella. 2) Tratar de mantener un total desapego refugiándose tras barricadas intelectuales o de cualquier otro tipo.

La Alquimia tiene sus metáforas para expresar tanto el exceso como la fatiga de compromiso. Si está uno demasiado tiempo revolviendo lo que se cuece en la olla, empezamos a inhalar sus emanaciones. Pero tampoco podemos dejar que se cueza solo, porque se quemará o explotará. Tiene que haber un compromiso constante con el proceso, pero también se ha de seguir a una distancia sensata, y aceptar que son inevitables los períodos de dificultades.

4. El alambique

Tiene connotaciones de matriz, y a veces se lo llama útero. La idea es que la Obra es como la gestación de una vida nueva y se realiza en el interior de una vasija sellada. Se verá sometida al calor y a una elevada presión, pero el sello no se debe retirar en ninguna circunstancia porque la Obra se arruinaría. Y el alambique debe tener la resistencia suficiente para no estallar. Es una imagen de contención y representa la capacidad de sujetar los afectos, emociones y conflictos que bullen y burbujean hacia la superficie sin estallar ni "actuarlos".
El alambique representa un lugar intermedio. Entra la represión que desconoce y niega esas poderosas erupciones del inconsciente y la posesión que hunde al individuo en el magma bullente y anula las capacidades de opción responsable del yo.
Es, en cierto sentido, la imagen de las capacidades de contención de la conciencia. Si se resquebraja en mitad del trabajo, el inconsciente se derrama al exterior sin ningún contenedor que lo retenga. Si se quita el sello, el individuo renuncia a responsabilizarse de su propio dilema, y los conflictos, expulsados hacia fuera, salpican a todos los que están a su alcance.

5. Los conflictos

Cuando empiezan a emerger hacia la superficie, la persona se siente compelida a "actuarlos" en el medio externo. Pero si uno está verdaderamente entregado a un trabajo interno de transmutación, no puede romper el sello. La represión es inadecuada, pero también lo es escapar destrozándolo todo o culpando a los demás.

En Alquimia hay imágenes que representan este proceso: lobos que se comen a reyes, leones con las zarpas amputadas, animales que aúllan de dolor mientras se queman. Son formas simbólicas que tiene la psique de representar su sufrimiento cuando, durante el proceso, en vez de proyectar al exterior los conflictos, uno los contiene dentro de sí, transmutándolos poco a poco con voluntad, inteligencia y amor por la verdad.
En la represión está en juego una desconexión con una parte de uno mismo. Una escisión, una mala disposición a tomar conciencia de algo que es esencialmente un problema interno.
Pero la represión crónica de un componente psíquico causa profundos problemas, porque nada de lo que hay en el inconsciente puede evolucionar ni expresarse realmente si no hay participación de la conciencia.
La represión cercena las posibilidades de evolución, hasta que el inconsciente termina por alzarse en rebeldía. Y se muestra descarnadamente en los momentos de tensión, generando conflictos por nuestra imposibilidad de control sobre una fuerza.

6. Participación

El alquimista no puede dar la espalda al proceso del alambique, pues en realidad se trata de su propia psique sometida a la transformación. La angustia del lobo que se consume son las angustias del alquimista, así como la luz radiante del amanecer, la etapa del "enrojecimiento", es la esperanza y el júbilo radiante del triunfador. Eso sí, sin participación, sin compromiso, es completamente inútil lo que se haga. La evolución y el resultado dependen de la participación del observador, lo que significa establecer conexiones y experimentar emociones, sentimientos e intuiciones. Dos ingredientes son necesarios en el proceso, participación y compromiso, para que se pueda dar la transformación, la curación o la obtención de la "piedra". Muchas personas tienen un miedo profundo a comprometerse y eso les impide permanecer en el fuego y elaborar a fondo cualquier cosa.

7. Tres etapas

Hay distintas versiones de tres etapas en este proceso de aceleración o transmutación consciente y voluntaria. La 1ª es la Obra al Negro, el descenso a los infiernos, al fondo de nosotros mismos, para conocernos íntegramente y sin máscaras.

La 2ª etapa, la Obra al Blanco, la purificación, surgiría de esa toma de conciencia de nuestra realidad y del ansia de superación y libertad.

La 3ª etapa es la Obra al Rojo, la gran obra, en relación con la obtención del "oro" espiritual y la unión con el alma del mundo.
Paso a paso, peldaño a peldaño, el hombre va escalándose. Algún día caerá todo lo que cubre el diamante, como diría Plotino, y podremos ser cristal puro que canalice la luz sin distorsiones.
Cuando la tradición habla de la búsqueda del Grial se refiere a otro símbolo de la Obra alquímica, de la búsqueda de la piedra filosofal. En algunos poemas, en vez de un cáliz, el grial es una piedra. De ahí que la búsqueda del Grial sea una búsqueda interior, una metáfora paralela al Opus alquímico, y la piedra sea en realidad el propio yo interior del buscador, que, de acuerdo con la Alquimia, no se puede hallar sin sufrimientos y en lugares hermosos, sino en la materia prima, en las profundidades de nuestro mundo inconsciente.
La conquista de nosotros mismos es el objetivo más preciado y valioso. Requiere de nosotros conocernos valientemente.
La vida fortalece y alimenta nuestro corazón de fuego, que realiza el prodigio de la transmutación, desde el plomo de hoy, hasta el oro del futuro.


jueves, 29 de enero de 2009

La Alquimia, un camino oculto.



¿Qué es la alquimia?
Hace medio siglo no había en Occidente ninguna duda a este respecto: era una superstición existente entre los ignorantes de los tiempos pasados que creían que con ciertas manipulaciones se podría transformar metales viles en oro.Luego que las ideas de Jung empezaron a circular en Europa, apareció una conclusión nueva, esclarecida, de la alquimia: era, realmente, psicología.
Los alquimistas se autopsicoanalizaban; sublimaban y calcinaban su propio subconsciente. Su meta verdadera no era la de fabricar oro, sino producir un hombre no alienado.En la Edad Media, las maniobras de este género patinaban sobre un territorio que la Iglesia consideraba suyo. Fue por esto que los alquimistas se vieron forzados a disimular lo que hacían realmente detrás de una tentativa aparentemente insensata de cambiar el plomo en oro. Todas las ideas sobre lo que es la alquimia, vista desde el exterior, pueden repartirse en cuatro categorías, con interferencias entre ellas:

Primer punto de vista:
Es posible transmutar un elemento en otro. Una de estas transmutaciones es la del plomo o del hierro en oro. La manera de proceder es un prodigioso secreto venido desde el fondo del tiempo. Es el secreto mejor guardado de toda la historia de la humanidad,

Segundo punto de vista: La alquimia es la ciencia que consiste en purificar la naturaleza íntima del hombre para llegar a ser un individuo no alienado. Comparado con el hombre ordinario, este individuo tendría ciertos poderes superiores. Por razones políticas, era necesario enmascarar esta actividad bajo la de una seudociencia de refinado de metales que la Iglesia no tendría ninguna razón para reprobar.

Tercer punto de vista: La transmutación de los metales es posible. El plomo puede ser cambiado en oro. El alquimista sabe cómo hacerlo y él guarda también un secreto más grande. Si hay una cierta relación con el crisol donde se verifica la operación, se produciría una transmutación semejante en su ser ordinario. En el momento en que el plomo llega a ser oro en el crisol, el espíritu del operador es transformado, como si fuera sometido a una irradiación potente. Por otra parte, ciertos subproductos químicos que restan en el crisol pueden ser conservados y servir, ya sea para hacer oro de nuevo, o para transformar a otros hombres. De allí las leyendas relativas a «la píldora del hombre astuto», o al elixir que el conde de Saint Germain habría ofrecido a Casanova moribundo.

Cuarto punto de vista: El alquimista es un hombre que conoce un método inmensamente eficaz para limpiar los establos de Augias de su propio subconsciente. Si es impulsado suficientemente lejos, el proceso da nacimiento a un verdadero cuerpo espiritual dotado de propiedades pertenecientes a un orden de realidad diferente. Si ese cuerpo espiritual es proyectado de una cierta manera sobre los metales viles, cumplirá una transmutación comparable a la suya sobre la materia inorgánica.
Digamos a continuación que fuera del pequeño círculo de los alquimistas que han tenido éxito - si es que hay alguno - nadie sabe cuál de estos puntos de vista, solo o combinado con otro, se aproxima a la verdad. Podría ser que hubiera algo que deducir de las primeras proposiciones de la Tabla de Esmeralda de Hermes Trismegisto:“Es verdad, sin mentira, y muy verdadero: lo que está abajo es como lo que está arriba,lo que está arriba es como lo que está abajo,para hacer el milagro de una sola cosa.”Que esto sea como un medio de hacer fortuna rápidamente, como método de desarrollo psicológico o como ciencia sagrada de espiritualización, la alquimia ha capturado la imaginación de Europa durante siglos y no ha perdido nada de su aura en ciertos medios, aunque muchos piensan que, desde el fin del siglo XVIII, pesa una prohibición sobre ella. Todo indica, sin embargo, que algo se trasluce de tiempo en tiempo.

La palabra «alquimia» puede venir del árabe alkimia.
Los supuestos orígenes egipcios hacen pensar que la raíz chim pueda derivarse del nombre en lengua egipcia, que significa «negro» y designa la tierra negra contrastando sobre el tinte amarillento de las arenas del desierto. Otro origen posible sería la palabra griega chyma, que significa acción de fundir metales.De todas maneras, la alquimia es extremadamente antigua, ya sea que sus primeras referencias historicas sean de la China o de Egipto. Existen textos chinos a favor o en contra de la alquimia que datan de 144 a.C. y existen razones para hacer remontar la alquimia china al menos al siglo IV a. C.Los intercambios entre el Extremo Oriente y el Oriente Medio eran numerosos y la alquimia del Medio Oriente bien pudo venir de China.

Por otra parte, la alquimia china era principalmente esotérica y pretendía producir una medicina que asegurara una larga vida o la inmortalidad, mientras que en el Oriente Medio, antes del Islam, la alquimia tenía un carácter esencialmente exotérico, y el alquimista se consagraba, por lo menos en apariencia, a manipular aleaciones de metales.Al suponer que la China haya trasmitido la idea de la alquimia, es preciso observar que sólo podía tratarse de alquimia medicinal y no metalúrgica. Sin embargo, si se adopta el punto de vista según el cual la alquimia es la traducción en términos «materiales» de informaciones sobre eventos sin relación causal, informaciones obtenidas al acceder a un nivel superior de consciencia, la dificultad histórica no se plantea. Tanto en China como en el Medio Oriente se habría penetrado en los mismos dominios y traducido las mismas intuiciones en términos «materiales» correspondiendo a las psicologías respectivas: medicinales en uno, metalúrgicas en el otro, y en algún caso, una combinación de ambas.

Desde la fundación del Islam la alquimia pasó a ser una ciencia musulmana, aunque no fuera más que en el plano lingüístico. El árabe era la lengua culta en los imperios islámicos, y, por lo tanto, la lengua de las artes y de las ciencias. Pero los textos utilizados podían ser persas o griegos. El Islam se apropió en su totalidad de los conocimientos griegos sobre la alquimia. Numerosas y muy antiguas obras de alquimia fueron traducidas al árabe. Desde el siglo VIII, la civilización árabe había producido una pléyade de eruditos capaces de estudiar los textos griegos y así la trasmisión del saber del pasado alcanzó un gran auge.

En cuanto a los alquimistas de origen árabe, ellos aportaron a este arte hermético una contribución extremadamente original.Aparentemente practicaban una química ingenua, y en sus textos aparecían «cuadrados mágicos» cifrados. Hablaban de sustancias hipótéticas, de las cuales el azufre y el mercurio ordinario eran las formas más aproximadas. Y es que los más importantes alquimistas árabes de esa época eran sufíes, Ellos hablaban de cuatro elementos: la tierra, el agua, el aire y el fuego y de cuatro cualidades o naturalezas: el calor, el frío, la sequedad y la humedad. En presencia de estas cualidades, y gracias al influjo de los planetas, los metales se formaban en las entrañas de la tierra bajo la acción del azufre y del mercurio. El azufre y el mercurio perfectamente puros, combinados según ciertas proporciones daban origen al oro. En el caso en que fueran impuros y en proporciones no adecuadas, daban nacimiento a todos los otros metales.

Una figura descollante fue Avicena (980-1037). Era considerado como la más brillante inteligencia desde Aristóteles, se veía en él un genio y la suprema autoridad en todos los planos posibles. Aunque Avicena compartía las ideas en uso sobre la constitución de la materia, afirmaba que la transmutación de los metales en oro no tenía una base real. Habría varias explicaciones posibles.
La primera era que hombres de una inteligencia fuera de lo común, trabajando de manera pragmática, eran llevados a deducir ciertas conclusiones extraídas de su experiencia. Se trataba de materialismo científico al pie de la letra.
La segunda era que ciertos seres excepcionales, ligados a auténticas escuelas de desarrollo personal, habían enriquecido el saber práctico de su tiempo por haber tenido acceso a un estado superior de consciencia, el que les permitía conocer por inducción la manera de aplicar leyes naturales a eventos concretos.
La tercera era que los hombres de esta última categoría habían preferido disimular la fuente de su saber embrollando deliberadamente las pistas.La tradición sufí parece ofrecer muchos ejemplos de esta manera de actuar.

Está dicho que, a veces, la mejor aproximación a la realidad, a nivel temporal, consiste en el planteamiento de contrarios aparentemente irreconciables. Entre los siglos XII al XIII, Al-Ghazzali (1058-1111) y Rumi (1207-1273) fueron reconocidos como sufíes de estatura excepcional y ambos hablaban de la experiencia mística como de una transformación alquímica. «Elementos contrarios, aunque opuestos en nombre, pueden actuar juntos», decía Rumi.
En esa época se tradujo por primera vez un texto alquímico árabe al francés. Uno de los primeros alquimistas europeos fue Alberto el Grande (1206 -1280), prototipo de numerosos personajes de la Edad Media que unían a un espíritu ávido de conocimiento un «algo más» que les valía ser admitidos en la misteriosa compañía de sociedades secretas. Monje dominicano - a pesar de su espíritu independiente - recorrió a pie Francia y Alemania enseñando filosofía, hasta que se radicó en Colonia, dedicándose a estudiar y a escribir en la soledad.Alberto afirmaba que la transmutación alquímica de los metales era imposible y que lo más que podían hacer los alquimistas era enchapar los metales para darles la apariencia de oro. Por otra parte, declaraba que un conocimiento íntimo del proceso alquímico le había sido otorgado por la gracia de Dios.

El renombre de Alberto era tal, que los jóvenes intelectuales de todas partes de Europa venían a recibir su enseñanza. Uno de los más famosos entre sus alumnos fue Tomás de Aquino (1226-1274).Tomás parece haber creído en la realidad de la transmutación alquimica, pero su actitud representaba un elemento interesante no sugerido antes en el medio europeo. La Gran Obra dependía - según él - «de operaciones ocultas de naturaleza celestial que la alquimia no siempre puede controlar. Así, el artista debe aspirar a la creación de condiciones apropiadas en él mismo dirigidas a favorecer la mediación de esta virtud celestial».

La hipótesis planteada es que el proceso alquímico, ya sea que se dirija al desarrollo interior del hombre o a la transmutación de metales, depende de un factor de apariencia arbitraria, de origen cósmico, influyendo en un lugar y en un momento determinados.Resulta interesante hacer notar que la tradición iniciática, en la corriente sufí, afirma que ciertas operaciones - aunque la manera de proceder sea correcta - no llegarán al término deseado (o, como ellos dicen, a la evolución buscada) si no concuerdan ciertas circunstancias: «el esfuerzo adecuado, hecho por las personas adecuadas, en el lugar y momento adecuados». Si estas condiciones no están reunidas, no hay resultado.

Cualquiera que sea la realidad que se disimule bajo esta fórmula, ella explicaría por qué constantemente se hace mención en toda la literatura alquímica de algo intangible que los alquimistas, en general, no han podido encontrar y cuya ausencia siempre trasforma en vanos sus esfuerzos.Uno de los más célebres contemporáneos de Alberto el Grande y de Tomás de Aquino fue Roger Bacon (1214-1292), el casi legendario «Doctor admirable», que enseñaba en Oxford vestido de árabe, del que se decía que podía transformar en hombres a los demonios. Fue una de las más brillantes inteligencias de Europa y una de las más grandes figuras de todos los tiempos.

Bacon produjo tres obras monumentales: Opus Mayor, Opus Minor, Opus Tertium. Consideraba que la totalidad del conocimiento humano, pasado, presente y futuro, se encontraba en la Biblia; pero - contrariamente a sus contemporáneos - no creía que fuera un libro accesible a todos. Para comprenderlo, pensaba que era necesario un determinado nivel interior que exigía conocimientos alquímicos, astrológicos y mágicos. Era este un terreno evidentemente peligroso, sobre todo para un religioso - era franciscano - y su manera de pensar le acarreó un aprisionamiento de catorce años impuesto por su misma orden,Bacon, tanto como Alberto el Grande, estaba evidentemente en contacto con alguna auténtica fuente esotérica; pero, a diferencia de Alberto, sabía árabe. Parecía claro que, para los dos, la fuente era el sufismo.
Bacon tenía bien claro lo que significaba «la enseñanza adecuada en el momento y lugar adecuados». No ignoraba la necesidad primordial de una transmisión viviente en todos los proceso del desarrollo personal. El mundo occidental de su tiempo - y del nuestro - no podía comprender el que una situación propicia al desarrollo fuera forzosamente de naturaleza orgánica y sometida a leyes precisas. Se juzgaba entonces que esta noción bordeaba la herejía.Estos tres europeos citados pertenecían a un nivel superior de inteligencia y causaron una profunda impresión en su tiempo. Sus aportes han persistido durante siglos bajo apariencias muy diversas. Eran realmente «conocedores». Habían aprendido técnicas que les dieron acceso a un nivel de consciencia que les permitía percibir el contenido interior de la religión. Descubrieron que todas las verdaderas religiones no forman sino una. Conocieron por experiencia las leyes de la naturaleza que dan nacimiento a la forma y a los fenómenos.


Hemos insinuado la idea que esta fuente de desarrollo personal interior podría identificarse con iniciados denominados sufíes. Estos se preocupaban de realizar ciertos progresos en la evolución de la humanidad entre los siglos XII al XIII, y les era indiferente llevar a cabo sus actividades en el ámbito del islam ortodoxo o del cristianismo ortodoxo. Aquellos que estaban al servicio de esa fuente vivían en dos mundos. Proclamar la verdad tal como la conocían - esa realidad interior que los dogmas y las instituciones habían sofocado - los habría hecho aparecer como apóstatas. Les era necesario, entonces, trabajar en secreto, hacer lo que tenían que hacer, pero dando a su acción una forma aceptable para la ortodoxia.

Ellos sabían que hacía falta construir un puente, pero resultaba que la construcción de puentes era ilegal. Debían entonces aparentar que estaban haciendo otro trabajo: cavar hoyos en el camino, por ejemplo, Bien entendido, esos hoyos eran incomprensibles para sus contemporáneos, y lo siguen siendo todavía.En los siglos siguientes, la luz de la alquimia centellea en toda Europa. Aparecen personajes extraños en las cortes de reyes y príncipes, en los monasterios y en las plazas públicas. Se les llama superhombres, sabios, hombres religiosos, charlatanes, filósofos. Sus escritos son supersticiosamente copiados, preciosamente conservados, vendidos, o difamados, Entre los alquimistas mismos existía una francmasonería en la que los textos eran editados de manera de hacer franquear un grado más a los discípulos, y de extraviar más completamente a los que no habían alcanzado el nivel para el cual el texto había sido escrito.Todo parecia ser confusión y contradicción. ¿Se dedicaban los alquimistas a la fabricación de oro? ¿0 hablaban de una metafísica que no tenía nada que ver con el oro propiamente dicho?

Como figura relevante de esa época, podemos citar a Paracelso (1493-1541), médico, alquimista, astrólogo, mago. Se decía de él: «Los que se imaginan que la medicina de Paracelso es un sistema de superstición que nosotros hemos felizmente dejado atrás al evolucionar, se sorprenderían si conocieran los principios en que está basada, y constataran que se fundamenta en un conocimiento de orden superior que nosotros no hemos todavía alcanzado, pero al cual podremos aspirar cuando progresemos».En cuanto a Jung, ha escrito: «Vemos en Paracelso no solamente una medicina química, sino además una psicoterapia empírica».Nacido en Suiza, recorrió toda Europa, suscitando admiración, escándalo y críticas. «La magia es un mejor profesor de medicina que los libros - decía Paracelso -, sólo que ella no puede ser conferida en las universidades sino que viene directamente de Dios.
La magia es el verdadero maestro, enseñando el arte de curar las enfermedades. Si nuestros médicos poseyeran esos poderes, se podría quemar todos sus libros y arrojar sus drogas al mar, y el mundo estaría mejor».No cabe duda que Paracelso fue un pionero en medicina. Fue un precursor de la quimioterapia moderna (curaba la sífilis con mercurio) e inventó (o descubrió) la homeopatía doscientos cincuenta años antes que Hahnemann; conocía los principios de la vacunación. Dos siglos antes que Mesmer, se preocupó del magnetismo, estudiando sus efectos sobre las enfermedades. No estuvo lejos de postular la equivalencia de la masa y de la energía: «Debes saber entonces que la dicha masa no es más que una caja llena de fuerza y de poder».Cuando dictaba sus clases, era tan manifiesto que poseía conocimientos de alguna fuente oculta, que atraía multitudes de estudiantes. Se supone que esa fuente era el sufismo. En su obra Philosophia Occulta da versiones casi literales de material didáctico sufí. Un erudito de su tiempo resumió así su pensamiento: «Según Paracelso, la enfermedad y la salud están regidas por las influencias astrales.

Remedios secretos: los “arcanos” permiten atrapar la primera y recuperar la segunda. El arcano asegura el restablecimiento de la armonía celeste entre el “astro” interior - es decir, el astro que se lleva en uno - y un astro celeste. El primero debe entonces “alzarse hacia los cielos”, o sea que su naturaleza es volátil e incorpórea. El remedio físico es material, por la fuerza de los hechos, pero el arcano que él contiene es espiritual».Durante setecientos años la trama alquímica parece correr oculta en el tejido literario, médico, científico y artístico de Europa. Hasta que entre 1920 y 1925 un misterioso personaje aparece en Francia y entrega a un estudioso de la alquimia un manuscrito para su edición.

Era El Misterio de las Catedrales y su autor se identificaba como Fulcanelli.Nunca más se supo de él, aunque corría el rumor que vivía en España en un misterioso valle situado en una región montañosa, en una especie de Shangri-la secreto. El libro muy pronto se hizo célebre y fue considerado - entre otras cosas - como la clave de la arquitectura de las catedrales góticas que - según su autor - son manuales de técnicas alquímicas en lenguaje cifrado.
Algo semejante insinúa Ouspensky en su libro El Nuevo Modelo del Universo.Por ese tiempo también aparece en Europa uno de los personajes más sorprendentes que se haya visto llegar al Occidente: George Ivanovitch Gurdjieff. Hablar de él alargaría en exceso este capítulo. Sólo diremos que toda su enseñanza estaba enfocada hacia la alquimia interior, de cómo el hombre podía cambiarse a sí mismo produciendo «hidrógenos». En su libro Fragmentos de una Enseñanza Desconocida, Ouspensky reproduce unas palabras de Gurdjieff sobre los distintos caminos de la evolución humana:«Es preciso hacer notar que, aparte de estos caminos justos y legítimos, hay también otros artificiales que no dan más que resultados temporarios, y caminos francamente perjudiciales que pueden dar resultados permanentes, pero nefastos. Sobre estos caminos, el hombre igualmente busca la llave de la cuarta habitación y, a veces, la encuentra. Puede suceder también que la puerta de la cuarta habitación se abra artificialmente con una ganzúa, Y en estos dos últimos casos, la habitación puede encontrarse vacía».


Autor: Ernest Scott

sábado, 20 de diciembre de 2008

Iluminación - Coniunctio - Yin Yang


Cómo podría aquí cuando la tarde baja
con fina piel de leopardo hacia
tu demorado cuerpo
no ver tu transparencia.
Enciende sobre el aire
mortal que nos rodea
tu luminosa sombra.
En lo recóndito te das sin terminar de darte
y quedo
encendido de ti como respuesta
engendrada de ti desde mi centro.
Quién eres tú,
quién soy,
dónde terminan,
dime,
las fronterasy en qué extremo
de tu respiración o tu materia
no me respiro dentro de tu aliento.
Que tus manos me hagan para siempre,
que las mías te hagan para siempre
y pueda el tenue
soplo de un dios hacer volar
al pajarillo de arcilla para siempre.
José Angel Valente
............Este hermoso poema me remite a la unión sagrada, al encuentro de lo masculino y lo femenino, yin-yang,
a esas dos serpientes de la Kundalini, a esos dos polos que generan la Luz y cuando este entcuentro Alquímico, entre alma y espiritu de un hombre y una mujer acontece,........ entonces acontece la MAGIA!!!